Nadie quiere reconocerlo, pero todos vivimos fabricándolas:el miedo , la costumbre, la aprobación general, el camino fácil de ser y hacer eso que todos esperan. Todas son pequeñas armaduras, corazas detrás de las que nos escondemos para no vernos a nosotros mismos ni dejarnos ver por los demás. Con ellas, todo parece más fácil, no se necesita demasiado esfuerzo para encajar, las cosas fluyen, los peligros no existen, los riesgos se diluyen, los demás aplauden, el camino es plano y llano y el destino es directo y sin escalas hacia el "éxito". Pero el tiempo pasa y un buen día esas que se empezaron a construir casi sin sentirlo, empiezan a pesar, a resultar demasiada carga para tan débil soporte. Porque la verdad es que nada es tan endeble como un alma insatisfecha, nada se desmorona con tanta facilidad como una historia que no es la propia, la que se quiso y se buscó, sino la que se dejó ser arrastrado por las circunstancias.
Es dificir tomarse la molestia de decidir de verdad lo que se quiere. Así , alejado de toda presión , convención o recomendación y solo escuchando la voz interior, esa que grita y siempre acallamos prefiendo comodidad, simulando tranquilidad. Requiere una gran valentía, detenerse en el camino y preguntarse con total honestidad si se está avanzando en la dirección correcta o si la ruta tomada es solo el escondite de los que no se atreven, la opción fácil que nadie cuestiona, el comodín de los que no saben qué hacer.
Por eso es que vivimos detrás de tantas armaduras, porque eso es siempre menos complicado que enfrentarse cara a cara a la realidad, a la atemorizante fiera en que se convierte ese yo interno que clama por un pequeño esfuerzo, por un poco de integridad y valentía para asumir el reto de ser y hacer aquello en lo que se cree.
lunes, 1 de diciembre de 2008
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