No hay manera de retroceder el tiempo y volver a ese 19 de febrero. Pero mi mente , que no conoce de aquellos límites, siempre se las arregla para regresar a ese día, a ese momento una y otra vez. A veces vagas y como en un ensueño , las imágenes desfilan en mi memoria y me dejan siempre la misma sensación. Saudade. Alegría por lo que fue -o casi- y nostalgia de saber que ya todo pasó y no volverá jamás.
Con frecuencia me pregunto porque dejé pasar esa oportunidad de alcanzar eso que tanto había esperado. Ese día , en ese lugar , habría bastado solo una palabra mía, unas cuantas actitudes y casi con seguridad habría logrado mi objetivo. Pero no lo hice. Preferí tomar el otro camino, ese que tanto me gusta seguir y que hasta el momento no me ha dado sino sinsabores. Esperé por una señal, por esa dichosa señal que jamás llegó o que tal vez no supe ver. Y el asunto es que los minutos se me escurrieron, la esperanza se derritió y mi sueño se esfumó.
Tengo tan vivas las imágenes de ese día, de esos minutos no interminables sino tan acelerados; de esas personas que aparecían y desaparecían sin ser ninguna la indicada, esa que yo esperaba. Tengo tan presente esa angustia que me invadía, esa impotencia de saberme tan cerca y tan lejos, tan abrumadoramente cerca de su espacio pero tan lejos de su mente. Y esperaba, y esperaba y seguía esperando por esa señal sin atinar a nada más.
Creo que si me detengo y lo analizo sé muy bien por qué no lo hice, por qué dejé pasar esa oportunidad. Fue miedo. Un miedo arrollador a terminar de matar esa ilusión, a comprobar que ese era el final escrito, que aunque apareciera, aunque llegara, eso que para mí era un punto de quiebre, no era más que una anécdota.
Me dio miedo la verdad, la posibilidad de encontrarme con el vacío. que es tal vez peor que seguir conviviendo con la ansiedad de querer y no poder alcanzar. Por eso preferí dejarlo todo al azar y ese me respondió que no era tiempo, que tal vez nunca sea tiempo y sin embargo aún no aprendo a dejar de aferrarme a esa posibilidad.
No tengo ninguna prueba fehaciente de ese intento fallido mío por encontrar un destino que que a lo mejor no es el mío. Ningún recuerdo material a no ser ese pedazo de papel que delata mi inesperada audacia para sumir papeles inventados y ese libro que no llegó a sus manos y que lleva la marca de mi cobardía en esas hojas arrancadas. Queda solo eso y el desconcierto de no saber en realidad para qué carambas terminé en ese lugar , aquella mañana. Ese 19 de febrero, que a veces me parece que nunca pasó, porque no sé si fue final , comienzo o un hasta pronto.
martes, 25 de agosto de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)


No hay comentarios:
Publicar un comentario